Ya regresará, en prosa poética

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Ilustración por Leonor García Santiesteban

A veces te extraño demasiado. Demasiado es una palabra que uso poco y me gusta mucho, disfruto ser fiel a su significado. Al menos con las palabras lo intento.

Estoy esperando, por cuarta vez, a un carpintero que no ha terminado las banquetas para un negocio fallido, sintiendo una verdad que difícilmente llegue a ser mentira, que una se involucra en las estafas como si estas quitaran densidad a otros dolores. Pero lo cierto es que estoy esperando que ese carpintero salga de su casa, me dé la cara y una excusa más. Mientras, hago que tu rostro aparezca detrás de una pared, de la casa de una calle de otra ciudad, a 3950 km. Y me pregunto, no por el paradero del carpintero que ya intuyo no saldrá, sino hasta cuándo es esto, y hasta dónde tiene que ver realmente contigo.

A veces aparece un impulso en mi boca, y mis labios no aguantan la presión y se desprende tu nombre de ellos. Tu nombre bien puede parecer un susurro o un simple tarareo, incluso puede pasar desapercibido mientras espero la verde en un semáforo. Aunque nadie pueda escucharlo, o ver cómo se mueve mi lengua entre los dientes, la certeza de tenerlo dentro me atraviesa de este a oeste.

Por momentos pienso que este suceso se ha convertido en un gesto natural y orgánico, como el hipo, siempre regresará, y a nadie le preocupa. Siento que he aprendido a convivir con el aire viciado, he asumido que aquello que inhalo y recorre mi cuerpo es posible que se encuentre contigo, con tu expresión de piedra a punto de estallar en una sonrisa torpe, como cuando te sorprendía yo detrás de un cristal.

¿Qué tipo de pesadilla es esta que no acaba de empezar? ¿Para qué, si no se han caído todas las paredes, ni el piso ha dejado de ser estable? Está todo listo para lanzarnos. ¿Dónde estás tú? Siento que estás demorando demasiado. Siempre has sido tan puntual. ¿Será que tu reloj ya no lleva diez minutos de adelanto? Es posible que haya sido yo quien se haya adelantado esta vez, quizás me fui demasiado atrás para agarrar impulso. Quizás me perdí en el adelante-atrás, siempre que pierdo el punto de vista suelo tomar el camino más largo. Debe ser eso.

Es posible entonces que ya me hayas encontrado, en otra forma, en otro tiempo. Y yo me he quedado en esta cuerda, que se siente única y no me advierte de las demás. En este hilo donde todos son fantasmas que nunca tienen respuestas para las preguntas más simples. Y nada saben de cómo crecía ese árbol mientras te besaba, ni de cómo se podía escuchar la velocidad de tus latidos en el tráfico a hora punta y sin frenos. No saben cuántas gotitas tenía tu llanto cuando te quedabas solo contigo. Nunca sabrán lo que es despertar separados con el susto en mi boca y en tu sexo, por habernos encontrado en un sueño.

Te busco detrás de cualquier cristal negro, de cualquier carro negro que tenga estrellas detrás. Tengo mis pequeños paros cardíacos cuando las siluetas juegan a representarte. Te he visto en mis sueños, andando, tranquilo, pero la sensación se esfuma muy rápido. Te he sentido en la calle.

Hace varios días, un perfume se tropezó conmigo, y todo se volvió líquido en mí, comenzó a subir el nivel en mí, ardiendo por mi garganta hasta inundarme los ojos. Pude sentir que si volteaba como un rayo podría ver tus dientes gastados y parejos entre la barba que me ruborizaba. Pude sentir tu aliento que sabía al mío, pude otra vez descubrir la felicidad hincando tus hoyuelos.

Cierro los ojos y puedo sentir cómo tu nombre humedece ahora mi pómulo y ahí se queda y vuelve a entrar en mí.No volteo. Quiero pensar que todavía no alcanzo la velocidad de un rayo. Que todavía no estoy lista para mirar y verte y encontrarte, que todavía no estás listo tú para encontrarnos, sin miedo a pisar el suelo abierto y caer, o abrirnos con él y convertirnos en gas.

Ya no busco a alguien, ni siquiera a ti, pero no puedo negarlo, ni siquiera a mí, que te espero. Ya no importa demasiado el tiempo, todo ha perdido rectitud y he aprendido a moverme, a pesar de mí.

-Dicen que a los elefantes los amarran de pequeños y que, al crecer, aunque les quitan la cuerda, no se escapan. Todavía creen estar atados.

Y todo vuelve a empezar. Quizá.


***


No, nada vuelve a empezar, ni los círculos te dan espacio para volver a rodar con ellos.

Ya no espero al carpintero. Otra vez me moví, me mudé, y sigo sin llegar a ninguna parte. Los kilómetros entre nosotros, son ahora ridículamente pocos y siguen siendo suficientes.

En la tarde perdí un último pedazo de muela. Cayó sobre mi lengua en medio de un mordisco torpe a una galleta sin sabor ni gracia. No puedo decir que me acostumbro a perder así como así los dientes, tampoco puedo decir que me asuste, mucho menos que duela. Me asusta la ausencia de nervios y de dolor, eso quizás sí, o el frío detrás de la mirada pálida y vacía la última vez que robé.

Me lo había prometido la vez anterior, después de subir triunfante por las escaleras eléctricas del supermercado. Sin mirar atrás y escuchando el pitido de la alarma. Coqueteé con la promesa de que sería la última vez, y como era de esperar, no cumplí.

Estando nuevamente en la caja, el muchacho me mira, casi con compasión, aunque probablemente siempre se haya tratado de cansancio. Se nota que es muy joven y que el acné le ha negado la posibilidad de hacer contacto visual con otro humano. El chico, detrás de su chaleco rojo me pide de forma gentil e inesperada que le muestre mi bolso. Sin pensarlo se lo muestro, con la certeza de que llevo un libro infantil en mi mochila que no podría esconder. Mi parpadeo, mis movimientos arrítmicos torpes, los de siempre, pero por dentro guardo la paz que ningún territorio libre ha logrado. El pecho no me late, se desliza con los ojos cerrados por un tobogán y se entrega al vacío a pesar de que, al final, puede que nos espere el fango de un charco de lluvia del día anterior. Tampoco tengo un plan de aterrizaje forzoso, ni una salida de escape, ni una escalera de incendios. Quizá sea ese un momento en el que vivo y no sueño, saberme en medio de la suerte y atravesarla sin moverme, sonreír y mostrarme sin vestidos, el cuerpo bajo el sol, con los pezones interrumpiendo el viento, y los dientes que se caen, como en las pesadillas de moda.

Me duele que no me duela la culpa. Me duele no restregarme en la culpa de no tener dientes, de no tener bordes, de no tenerte. Con ella, las paredes son más seguras, no importa cuánto frío pases en el invierno, la culpa trae el sostén para calentarte y acogerte en una nueva viga que te apuntala desde la pelvis hasta el mentón. Yo la he buscado, y como todo lo que busco no la he encontrado. Es bien sabido que quienes no logran abrazarla son cuerpos desmembrados, sin columna vertebral, cuyos huesos pierden solidez y tendones abandonan la tensión.

Me siento a salvo entonces de cualquier asomo o interacción entre mi cerebro y mi espalda. Ya no hay pecho que nombrar, ya no hay nada chapoteando dentro de ese pozo. He cavado tanto, con las uñas, con los meniscos, con las muelas, que las he ido perdiendo. He cavado como si pudiera encontrar una salida, una cualquiera, pero al otro lado, lejos, lejos, lejos, lejos, lejos de ti. Llegué, no a la salida, pero a una especie de tope, donde tampoco podía quedarme a vivir allí, era inhabitable, incluso para una criatura como yo, disléxica y sin culpas.

¿Y qué se hace entonces? Qué pereza regresar por tanto camino andado, gastado. No está hecho el camino para recorrerlo de vuelta, demasiado empinado, demasiado sabido. Solo de pensarme el regreso se vuelve espesa mi sangre y las rodillas comienzan a sospechar una de la otra.

¿Qué se hace ahora? La pregunta parece activar una especie de control de emergencia ultra escondido y todo comienza a desarticularse. Como esa vez que me pregunté por qué corría y me caí. Me cuestioné cómo podía mantener ensamblado los movimientos para pisar, flexionar, estirar, contraer, en el momento preciso para que luego desaparecieran y me aventara contra el poste.

Me pregunté “¿cómo así bailaba, por qué?” Y perdí el ritmo. Mis caderas y mi pecho se desconectaron de sí mismos, mis brazos perdieron el lirismo y cayeron cortados como piezas rotas sobre los muslos. Me pregunté “por qué sonríes” y la boca perdió elasticidad, los labios se cuartearon y luego perdí los dientes porque dejé de mostrarlos. Me pregunté “por qué comes esa fruta” y desaparecieron los sabores, los olores. Ya no tenía sentido ni gracia en mí.

Se me cayó el sexo en un charco verde, me dio flojera agacharme, pidió auxilio entre burbujas, cerré los ojos, lo perdí de vista.

He vuelto a perder el talento de robar, ya regresará.

Ya también olvidé en qué bolsillo guardé esas monedas que te salvan, que te hacen creer en la suerte o en el olvido.

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Olivia_S

(mayo del 85) Una vez le dijeron que esta era su última vida. Los bebés y los perros se le quedan mirando como si le supieran algo. Inconforme empedernida, la rabia contenida de las abuelas le corre por las venas. Hace pocos años pensó que iba a enloquecer, entonces comenzó a escribir.