Tetris (I)

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Ilustración por Leonor García Santiesteban

Mira, yo mejor me quedo aquí, que estoy ahí mismo del parque San Ernesto. Mi casa es muy lejos, y al final lo que pago de renta me lo hubiese gastado en transporte. En esta casa vivía Paulita, ella era una dama de compañía. ¿Nunca te he hecho ese cuento?

Bueno, a Paula la alquilaban y fingía ser la esposa de algún señor; o la amiga, en dependencia del evento. Era muy selectiva, incluso tenía su propio chofer. Te estoy hablando de los años 90 por allá. Dicen que hablaba buen francés. Se había leído unas cosas, ¿tú sabes?, libros curiosos sobre la posguerra y libros curiosos en general. Se sabía la historia de la absenta, pero la historia verdadera, no solo los detalles de las cucharas y el azúcar. La cosa es que Paulita se enamoró de uno de esos clientes. Un tipo de lo más lindo que hablaba un perfecto español, un marinero mercante que vaya Dios a saber cómo vino a dar aquí. Paulita tuvo que tragarse las lágrimas cuando el tipo, nueve citas después, le enseñó una foto de su esposa y le enseñó la alianza y le habló de la placita donde se había enamorado de la señora. ¿Te imaginas?

El disco que está sonando era de ella, de Paulita. Se fue para Italia con todo el dinero que ahorró en el negocio. Dejó la casa y el tocadiscos, una lavadora rusa, los muebles todos, y unos jarrones rarísimos ahí en el pasillo lateral. El único disco que queda es ese, el de las gardenias.

De vez en cuando me imagino a Paulita cobrándole al tipo, pidiéndole los no sé cuántos pesos que entonces costaba la compañía. Cuando aquello, dos cifras eran un dineral. Siempre es cara la compañía, históricamente lo ha sido. Fingir cosas. Yo cobraría muchísimo por levantarme del sofá y el doble por tomar tragos en copas frágiles. Siempre me da miedo romperlas por eso de que me tiemblan las manos. Por otra parte, yo elegiría mi propia ropa a pesar del dress code y a pesar de todo. Si no es así, no voy. ¿Me entiendes? Pero soy muy comepinga y muy perezosa como para aprenderme las leyes de la educación formal. Aquí donde tú me ves yo tengo un máster, pero me quedé bruta. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Bueno, lo que nadie sabe es que a Paulita le gustaba el punk y tenía una cosa tatuada en un pie. En este país, imagínate. Años 90, creo que a principios. También tenía en el brazo unas espinas, tipo brazalete. Así como lo oyes. Se pasaba una hora frente al espejo echándose bases y polvos porque los clientes se espantaban con los tatuajes. Seguramente el tipo le vio los tatuajes alguna vez, porque cuando aquello la base no tenía la misma cobertura que ahora, ni el sudor la misma densidad. Paulita también tenía una libreta donde anotaba algunos teléfonos y direcciones, y el número exacto de clientes con los que se había encariñado. Los adioses de Paulita, qué cosa esa.

Entonces, nada. Esta era su casa. Yo me alquilé aquí porque me dijeron que era bonito y barato. Y la verdad es que sí. Mira qué pasillo tan amplio. A ver, yo soy yo sola, me gusta mirar para atrás y ver mucha casa. Con lo del pago, es fácil. Le doy el dinero a su abuela los primeros días del mes. La viejita es de lo más buena. Vive ahí al doblar.

Pero si un atardecer las gardenias de mi amor
se mueren
es porque han adivinado que tu amor se ha terminado
porque existe otro querer

Qué lindo eso ¿no? Bueno. No sé qué fue de su vida. Parió, me dijeron, pero no sé más nada. Eso, y que sigue en Italia. Pobrecita muchacha, habrá tenido que decir adiós muchas veces, tantas veces. Tantas, tantas veces. Y una dice Bueno, pasó a mejor vida. Pero nunca más supo del tipo. Eso a mí me duele. A lo mejor es que soy una guajira bruta y romanticona y todavía esas cosas me dan como una punzada.

Pero nadie sabe, José Carlos. Se sufre en todas partes. Y más cuando una ha tenido que pasar por tanto. Al menos está sufriendo en un lugar más agradable.

Pobre Paulita, con sus tatuajes. Sé que se acostó con el tipo, no solía acostarse con los clientes, pero con él se reventó. Me lo dijo su abuela. Era un tipo encantador y hasta creo que tocaba el piano. Esos hombres matan a cualquiera. El tipo le vio los tatuajes, de eso estoy segura. Yo también tengo tatuajes feos. Yo sé de lo que te hablo. Mira. Este es horrible, por ejemplo. Me lo hice hace poquito. Cuando me desnudo, la gente lo mira como queriendo adivinar qué cosa es. La verdad es que no es nada.

Me imagino el cuerpo de Paulita frente a aquel hombre. Ese sexo extrañísimo que se tiene con los desconocidos. Ese descubrimiento de los tatuajes. El pago y el cuerpo. La puta y el señor Don-Noséqué. Las gardenias y el punk. Pobre Paulita. Decir adiós es difícil. Al final la que se queda llorando es la puta. Que te lo digo yo. Oye, ver que el otro tiene la vida hecha, es difícil.


‒Y yo qué soy. Yo soy lo que soy cuando me quito la base de los tatuajes. Yo soy lo que soy cuando me abro el zipper con alivio, al llegar a casa, pero qué soy para ti.

‒Pues no sé. Para mí eres unos pesos y la mujer a la que le enseño mi alianza matrimonial.


¿Te imaginas escuchar eso, José Carlos? ¿te imaginas sostener ese diálogo? Ah... Paulita cantando por dentro. No sé qué cantaba ¿eh?, pero asumo que es la misma canción que canto yo cuando me despido. Cosas de resignación. Pero sin melodía. Sin letra. Es un estruendo que suena aquí, en la boca del estómago, un sonido casi religioso. Yo sé cómo suena, pero no lo sé explicar. Es una cosa salada. Canciones de costa. Gastritis circunstancial. A los marineros les llueven las putas. Y ni una carta después. Por eso yo siempre digo que no tengo sangre pal negocio. Me moriría de tristeza. La cosa está mala, pero yo sinceramente prefiero quedarme vendiendo flores. El único sentimiento que tengo que usar es la calculadora. Fíjate tú. Y a las flores les da lo mismo todo. Y a mí me da lo mismo si tengo un cliente o dos. Al final qué son 20 pesos hoy en día. Lo malo de estos pueblos costeros es que por aquí pasan muchos barcos y una no puede andar fijándose en nadie porque todo el mundo sigue su camino. Yo tranquila con mis flores. Todo esto te lo digo con dolor. Yo elijo no sentir, pero tú sabes, tú me conoces. Tú sabes que yo tengo que luchar contra esto. Es mucho lo que tengo que evadir para no romperme en llanto todos los días. Yo soy la muchacha de la floristería, y punto. Bueno, volviendo al tema, que no quiero ponerme sentimental. A Paulita nunca la conocí en persona, pero había una foto de ella, allá atrás, en la mesita; se ve que era una mujer muy linda. La foto era así medio anaranjada. Con unos insectos detrás. Parece un autorretrato. Puede que lo sea. La vida es una pinga, José Carlos. Por eso hay que aprender a cantar cuando se va la gente. Ya yo no canto. Pero debería hacerlo. ¿Tú pusiste bien el café? Esa cafetera se demora siempre, pero no así. ¿Tú estás seguro de que le echaste agua? La última vez que dije adiós me acordé de Paulita. Me dieron ganas de cantar.

Yo te voy a decir la verdad, José Carlos. Y tú dirás que estoy loca. Pero yo estoy cansada y a veces lloro mucho cuando conozco a alguien, porque sé..., yo sé que voy a despedirme para siempre. Para siempre. Como mismo se despidió Paulita de la lavadora rusa. Por eso vendí el piano de mi casa, porque se estaba llenando de polvo y de comején y porque desde hacía meses nadie iba a sentarse a tocar cosas. Me daba rabia. Y nada... Con ese dinero me compré una pintura para el techo y ahora miro al techo, José Carlos, y allá arriba no suena nada. El techo es silencioso y al mismo tiempo me dice Vas a quedarte sola. Sola como una perra vieja.

Creo que por eso vine a esta casa. Es mentira eso que te dije de que me sentía cómoda a dos cuadras del San Ernesto. Total, ya ahí no hay feria los domingos. La verdad es que yo vine porque me cansé de cambiar pianos por pintura. Me cansé y quise venir a coger otro aire. Pero todos los techos tienen su soledad y su piano. ¿En qué pinga piensa la gente feliz las 2:00 de la mañana? ¿Qué sueña alguien que no tuvo que vender su piano? Yo quisiera mirar a la gente como si la gente fuera una lavadora rusa. Yo quisiera, te juro que quisiera.

Y todas las noches pienso que me voy quedando más sola. Que se me rompió la permanencia. Pero lo que se rompió no existía. ¿Qué cosa es esto que duele y suena a despedida, a lavadora rusa, a piano viejo? Acaba de servir el café que ya empecé con el llantén.

En ese vaso no, que es de cristal. Las tazas están allá arriba. No. Al lado. En la puertecita negra. Ahí.

Yo debería cobrar por esto. No me mires así, es verdad. Si ya vendí el piano. Qué más da. Al final quiero cambiar el piso también, quiero poner esas losas bonitas que son fáciles de limpiar. Y me pongo a pensar, José Carlos, en la vida real los pianos no sirven para nada. Yo podría perfectamente poner la imagen de todas esas personas a las que les he dicho adiós. Poner todos los cuerpos, acomodarlos como en un nivel complejo del Tetris. Uno al lado del otro. Y se llenaría el piso completico. Todo es un fantasma después del muelle del puerto. Piensa lo que tú quieras. Cuerpos y cuerpos y cuerpos. Dispuestos con la simetría de las teclas. Seguramente Paulita pensaba lo mismo. Ojalá tuviera otro piano.

La pintura del techo se va a seguir cayendo.

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Wendy Martínez

Punkera decimonónica. Melómana. Redactora de obituarios. Alérgica a la penicilina y a los tacones kitten.