Ningún hombre me ha dicho que estoy buena

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Ilustración por Laura Vargas

Por mucho tiempo fui muy delgada, sobre todo en la adolescencia. Y luego muy gordita e hinchada. Hinchada de verdad, por las medicinas. Eso es lo que hacen la quimioterapia y el reemplazo hormonal: se ponen a jugar con tu peso. Pero qué remedio, mejor hinchada que muerta, ¿no?

En ese tiempo tuve dos parejas. Mi noviecito de toda la secundaria y el pre, que me enamoró “dando sillón” en el balcón de mi madre, y el “tarro” que le pegué en la beca a ese noviecito. El tarro era un trigueño de Centro Habana, que partía el alma, pero que nunca pude sacar a la palestra pública. Él estaba buenísimo y yo no. Yo le movía el piso, pero él tenía reputación de ser “el que se comía a todas las cañas de la escuela” y yo era la simpática de Teatro, sin más penas ni glorias. No me importó mucho, yo lo gozaba en los aleros y en las aulas de música, que se abrían con el mango de una cuchara. Ellos me amaron por mi “brillante personalidad”.

En ese periodo también tuve muchísimos “problemas corporales”. Por mis altibajos hormonales nunca se me desarrollaron los senos, sudaba mucho y se me empezó a caer el pelo. En una sociedad que demanda un patrón de belleza ideal, mi cuerpo decidió escoger el camino de la violencia y ripiarse con mi mente. Era durísimo, a la hora del baño, ver a mis dos socitas más cercanas, que estaban buenísimas, quitarse la ropa y entrar a las duchas. Empecé a bañarme en el área de los lavaderos, con la excusa de que me daba asco el estado de los azulejos. Más tarde ellas también comenzaron a hacer lo mismo. Ellas nunca entendieron lo bien que me hizo que me trataran como a una igual, como si la notable diferencia entre nuestros cuerpos no existiera.

A los 22 años, cada vez que tenía sexo, era con los ajustadores puestos, o me daba una ansiedad rara. Mucho menos me atrevía a salir a la calle sin ellos. No iba a la playa en bikini si por encima no me ponía algún trapo. Ahora tampoco lo hago, pero emigré a las enguatadas deportivas, solo por cuidarme los tatuajes.

Más o menos con esa misma edad, conocí a un “poetucho” de antro. Uno que estaba obsesionado con las mulatas y que tenía un enorme ego de salvador blanco. Llegaba al Café de G, con toda la prepotencia que un mediocre suele ostentar. Él pensaba que caerme atrás era hacerme un favor. Incluso llegó a decir que yo, mulata, debería darle las gracias por llevarme a tertulias literarias para “culturizarme”. La primera, y única vez, que tuvimos sexo, fue un dilema.


⎯Quítate los ajustadores.
⎯No.
⎯Quítatelos.
⎯No.
⎯Ay vieja, si total, pa´ la leche que da esa vaca.\


Aquí iría una escena rompedora donde la protagonista, o sea, yo, se levanta y se va insultada. Pero mentira, yo quería comerme a ese ternero y sí, hubo muy poquita leche. El poeta no pasó del primer round y con bajísimas calificaciones.


⎯No pasa nada, pero tampoco tengas la audacia de alardear y exigir.


A los 25, y con más de esas batallas en las costillas, sabiendo ya qué es empoderarse y que no pasa nada, que todo el mundo tiene bateos, no había manera que yo enseñara la barriga, ni los muslos, aunque me estuviera asando de calor. Tampoco usaba tirantes, mis brazos siempre han sido gorditos. Podía ser pleno agosto en Cuba y yo estar parando un botero en la Avenida 23, vestida con un pantalón de mezclilla y un pullover con mangas. Me derretía, pero no enseñaba, ni muerta, las carnes, los “salvavidas”.

Me frustraba muchísimo no poder vivir cómoda con la forma de mi cuerpo. Era agotador estar cuidando cada milímetro de tela que me ponía para que no se vieran, ya no solo las grasitas, sino también las cicatrices de las dos operaciones a las que tuve que someterme para extirparme tumores cancerígenos, las estrías de subir y bajar tanto de peso, y las manchas por fricción de la parte interior de los muslos. Sencillamente no encajaba en la imagen “femenina” que tenían o lograban producir mis amigas. Mi cerebro entraba en una constante hostilidad con la imagen que me devolvía el espejo. Gorda, poca atractiva, bastante “masculina”. Todo eso tuvo un impacto en mis relaciones interpersonales.

Desde niña, siempre fui la inteligente, la resolutiva, la más aventajada, pero terminé proyectando las inseguridades en el modo de relacionarme con mis vínculos sexo-afectivos. Creé una coraza de autodefensa imposible de traspasar. Me monté una película donde el cuerpo no importa, solo los sentimientos y la inteligencia. Aunque ningún hombre me haya dicho que estoy “buena”, mis amigas sí. Esa parte de mis relaciones emotivas quedó menos afectada por las incertidumbres que me provocó la imagen de mi propio cuerpo. Tuve que fajarme muy duro con mi cabeza para creerle a alguna de ellas cuando lo decían. Siempre he pensado que lo señalaban para quedar bien, para hacerme sentir mejor. A la larga entendí que no era una estratagema, algo veían en mí que yo nunca noté.

Después de un tiempo, los hombres en mi entorno comenzaron a preferir otras cosas que la estética o la distribución corporal, también modificaron sus lenguajes. Sin embargo, todavía ninguno ha dicho: “Que buena está Massy”. También cambiaron mis preferencias personales. Ya no era el trigueñón de Centro Habana, ni el mulatón del Cerro. Empecé a preferir hombres que vieran, supuestamente, más allá de lo físico, capaces de detectar esas otras cualidades que había desarrollado en mi película. Busqué la validación en otras experiencias de interacción. Aquí aclaro, la validación externa no es el problema, pero sí, a veces, es necesario escuchar lo bien que te queda una ropa, lo linda que te ves, lo rica que estás. A veces necesitamos que nos hagan esa tortica. La validación corporal es tanto, o más importante, que la intelectual, sobre todo si tienes bien arraigada la segunda y todo lo que has oído siempre, son elogios a tu inteligencia y nunca a tu cuerpo.

Hoy, con 30 años y un montón de trabajo hecho para entender que mis traumas son universales y que puedo vivir perfectamente con esta especie de disforia, las inseguridades corporales casi nunca son motivo de bajón. Me siento mal diez minutos y sigo con la vida. También he aprendido a no destinar mucho tiempo a lo que escapa de mi control, a lo que no puedo cambiar. De igual forma, creo que nunca me he permitido procesar completamente todo eso por miedo a sentirme vulnerable. Lo he enterrado bajo lo inteligente que soy, lo buena persona que soy, lo atenta que soy, los cuidados que proveo.

Convivo, medianamente feliz, con el cuerpo que tengo, a pesar de las fluctuaciones de peso. Ya mis pies no me provocan grandes conflictos, aunque la ansiedad se me dispara cada vez que no los tengo meticulosamente arreglados. Casi nunca uso ajustadores, a no ser que quiera salir con una blusa clara y evitar el acoso callejero, ya no por problemas con mis senos diminutos. Las estrías ya no me molestan, la celulitis tampoco. Lidio con los problemas que me quedan: con la imagen, sobre todo con las uñas y el pelo, con la forma en que me quedan ciertas prendas de ropa, en fin...

A lo que quiero llegar con esta reflexión es que de los cuerpos ajenos no se habla, no se piensa, no se critica. Nadie sabe la batalla que podemos estar librando en nuestro interior. En ocasiones, también he pecado al hablar sobre cuerpos ajenos. Nadie escapa de sentir presión por los cánones tradicionales de belleza y solo se es consciente de cómo funcionan cuando se aplican al pellejo propio. Me gustaría disculparme con todos los cuerpos sobre los que he emitido algún criterio destructivo, o sobre los que he opinado.

De los cuerpos ajenos, quizás, se habla para elogiarlos sinceramente y para decirle a las personas que están buenas, buenísimas, riquísimas. A veces es necesaria, también, la validación del cuerpo.

  • corporalidades
  • gordofobia
  • imaginarios estéticos
  • violencia estética
  • violencia de género

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Massy Carram

Multitask a tiempo completo. Berrista profesional aunque mi título dice Lic. en Estudios Socioculturales. A veces mariposa, a veces monarca. Ex patriada dentro de una Ex Patria.