La mano del hilito

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Ilustración por Ronald Vill

Cuando era niño, solían regañarme por colocar la mano en una posición muy específica. En mi fuero interno –nunca lo comenté con nadie– me refería a esa postura como “la mano del hilito”, porque parecía como si la muñeca pendiera de un cordel, mientras que el codo y los dedos caían, relajados. Hoy día sé que mucha gente le llama “la muñeca floja” y hasta es un gesto que, en el contexto adecuado, sirve para indicar que una persona es gay.

Con siete u ocho años –no sabría decir de dónde lo saqué, creo que floreció en mí de forma espontánea– a mi brazo le quedó cómoda la posición y a mi cerebro también. A mi madre no, y fue ella sobre todo la que, hasta que fui un hombre, se la pasó corrigiéndome las “gesticulaciones”: “Los hombres no cruzan las piernas así, eso lo hacen las mujeres para que no se les vea el blúmer cuando llevan saya”; “los hombres no se ponen las manos en la cintura”; “los hombres se agachan para amarrarse los cordones”. Me acuerdo de otra frase que me decía: “Es peor aparentar y no ser, que ser y no aparentar”. Aquello chocaba bastante con sus “tú puedes ser lo que tú quieras, que yo siempre te voy a querer”.

No es de extrañar que creciera enclosetao, como tantos otros gays cubanos de mi generación. Pero lo malo no fue eso, lo malo fue que se creyeron todo el performance de heterosexualidad que les monté hasta mis casi veinte años. A mi madre no la culpo de nada, ella también era víctima de un ambiente y crianza homofóbicos. Ella, mi abuelo, mi abuela, todas las personas que me rodeaban y que no sabían que, allí mismo en la familia, tenían a un pequeño floripondio encubierto, camuflado. De que hicieron lo mejor que pudieron y lo que creyeron que era mejor para mí, no me cabe la menor duda. Sin embargo, a veces me pongo a reflexionar sobre el tipo de pájaro que nunca llegué a ser… no como una frustración ni un camino de vida truncado de forma dolorosa, sino con una muy sincera curiosidad.

En Secundaria, tuve un profesor, E. Un muchacho de veinte o veintiún años, si la memoria no me falla, que era clara, plumífera y fuegoartificialmente gay (sí, me inventé la palabra, pero creo que se entiende la idea). Caminaba con pasos cortos y rápidos, sus pies se posaban sobre el suelo y a la misma vez se deslizaban sobre él, en silencio, como si su empeine completo ondulara en desafío a la anatomía; sus hombros siempre estaban un poco apretados y meneaba las nalguitas de un lado a otro.

La adolescencia es una etapa reconocida por el nivel de crueldad que pueden llegar a desplegar sus protagonistas, y en mi aula nos lo tomábamos muy en serio. E nos enseñaba humanidades, o sea, Español-Literatura, Historia de Cuba y Educación Cívica, y lo hacía con una ejecución perfecta de “la mano del hilito”, a doble empuñadura. Si de verdad hubiera tenido cordeles en las muñecas, a los cinco minutos de clase se habría visto atrapado en un nudo gordiano.

Los apodos no se hicieron esperar: El Pato, La Pata, Patola, Patolín, Piolín, La Loba… los chistes sobre él, que era la forma en que le arrancábamos la carne de las costillas, se hacían con un descaro terrible, frente a otros docentes o en conversaciones en las que participaban y, algunas veces, en su propia cara. E nos soportó dos años completos, y lo que es más, nos tomó cariño, a pesar de que teníamos piel de navaja.

El día del examen final de Español-Literatura de noveno grado, a E se le veía el doble de nervioso que cualquiera de sus estudiantes. Estuvo aclarando dudas de última hora hasta cinco minutos antes de la prueba, luego nos deseó suerte y se marchó. Unos segundos después a alguien le surgió una interrogante más y, para llamarlo, una niña gritó a voz en cuello: “¡Paaaaaaaatoooooooo!” El grito debió escucharse en toda la escuela. Menos de diez segundos después, el rostro preocupado de E se asomó a la ventana del pasillo: “Dime…”. Tras aclarar la duda nos miró a todos muy serio y nos dijo algo que no recuerdo del todo, pero más o menos fue: “Yo sé que nunca hemos hablado de mí, pero… ustedes saben. Y está bien”. Supongo que nos dijo eso porque sabía que ese día nuestros caminos se separarían y, cuando entrase en septiembre, serían caras nuevas las que estarían sentadas en nuestros puestos.

Si E estaba triste o alegre por dentro, no lo sé. Si le daba temor o aversión la idea de repetir años de escarnio, con un grupo nuevo de adolescentes, en un ciclo inacabable, tampoco, pero me lo imagino. No parecen condiciones laborales muy agradables. Pero si algo siento hoy, más de diez años después de aquel examen final, es gratitud. Gratitud hacia ese hombre afeminado, pajareado, plumífero, no solo por haber hecho su mejor esfuerzo como profesor, sino por haberme(nos) mostrado que es válido y posible seguir siendo tú contra una mayoría que te desprecia porque no encajas en los moldes que tienen preconcebidos.

E ponía la cara, recibía el bofetón de toda la escuela, se levantaba y seguía. Él también lo hacía lo mejor que podía, balanceaba su salud espiritual/mental contra lo que le podría haber costado enfrentarse, de forma abierta, a nuestro machaque colectivo –juramentado a hacerlo polvo. Supo encontrar el equilibrio en ignorar las burlas y seguir adelante con su paso ondulante y su meneo de nalguitas.

Mientras escribo esto intento poner “la mano del hilito” y no me sale. Se siente extraño, por completo ajeno a mí. Quizá los cordeles de mis muñecas fueron cortados para siempre con tanto mantra de “los hombres no…”. Al final, de adulto –si es que tal estado se alcanza, porque tengo mis dudas–, soy un gay poco afeminado. Al menos eso dicen: “No se te nota”.

Durante años comí la mierda de enorgullecerme al respecto, como si no poner “la mano del hilito” me hiciera mejor que quienes sí la ponen; como si no explotar en flores o fuegos artificiales me hiciera más valioso; como si el carmelita, el azul, el gris y el negro fueran mejores que los colores saturados. Me puse como objetivo no ser como E y cada “no se te nota” era un pequeño premio para mi ego, una señal de que iba por “el camino correcto de la gayedad”.

(Suspiro largo)

Si tenemos suerte en la vida –y con un poco de empeño al respecto–, maduramos. Ahora entiendo que no hay nada de noble en regodearse de un privilegio. Porque sí, ser gay y que no se note te da una ventaja poco agradable de admitir: es un escudo, una capa de invisibilidad contra la homofobia, aun cuando solo sea contra la menos recalcitrante. Eso era lo que quería mi madre para mí en verdad, protección.

Pero resulta que yo quiero un mundo en el que ni “la mano del hilito”, ni el meneo de nalgas, ni la pluma en general, sean un handicap1 social. Ahora, cuando la persona con la que hablo asume a mi pareja como “ella”, tan solo aclaro: “es un él”, pero no se me infla el pecho. No siento nada positivo, y eso me alivia, porque junto a ese estúpido orgullo venía la sensación de una máscara y de que debía apretarme bien las cintas que la sujetaban a mi cráneo. Respondo “es un él” y respiro mejor. En mi corazón, un niño florido y camuflado de Secundaria sonríe, y un adulto se queda pensando en todo lo que le falta por derribar.


1 Anglicismo referido a desventaja.

  • gestualidad
  • gay
  • masculinidad
  • performance
  • adolescencia

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David Domínguez Francisco

Joven escritor cubano y profesor en la academia de escritura creativa Laboratorio de Escrituras Encrucijada. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. En los últimos años ha obtenido algunos premios y menciones, como el Juventud Técnica 2020 en la categoría Cuento, y ha impartido charlas sobre temas sociales y culturales.