El trauma de las subalternas

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Ilustración por Laura Vargas

“Venimos de no tener nada. Por eso queremos vivir un rato en el mundo al revés en el que tenemos todo. En uno en que nos sacan a bailar a nosotras primero”.
Gabriela Wiener, Huaco retrato

La vez que dije que deseaba una relación formal, tener un novio, vivir un romance, algunas personas se sintieron contrariadas. Creo que hasta decepcionadas. Unas lo disimularon con bromas: ¿Para qué un novio si puedes tener dos o tres? Otras fueron más serias: para qué quería un novio si podía relacionarme de manera libre y sin dañarme. En cualquier caso, no imaginaban que yo, una “feminidad disidente”, tuviera un deseo convencional.

A lo largo de mi transición de género he notado que muchos esperan que yo sea la más radical y subversiva en el amor, el sexo y las relaciones, como si por haberme construido a mí misma estuviera hecha de un material distinto o si fuera inmune a los mandatos y normativas sociales. En conclusión, todas estas expectativas dañinas en torno a mí, más de una vez me han provocado vergüenza a la hora de expresar mis necesidades afectivas. Sobre todo por estos días en que nos asedia un bombardeo de mensajes que llaman al “amor propio”, a “deconstruir” el amor, las relaciones, a abrirnos, a vivir el poliamor como solución infalible al amor romántico, al dolor y a la fracasada monogamia.

Y no es que esté en desacuerdo o me niegue a experimentar y a ampliar mis posibilidades de amar. De hecho, mi propio devenir mujer ha reconfigurado la manera en que los demás me perciben y desean relacionarse sexo-afectivamente conmigo. Por ende, yo misma me he lanzado a repensar nuevas formas de relacionarme alejadas de la posesión, la exclusividad y el mito del amor romántico.

Son más las interrogantes que las certezas que tengo. Por lo pronto, considero que la crítica al amor romántico es necesaria por ser éste un propiciador de violencias, de dependencias tanto económicas como emocionales, de inseguridades y porque, como mito al fin y al cabo, no cumple nuestras expectativas, se desvanece y nos ha dejado a más de una profundamente dañadas.

Del mismo modo, soy consciente de que superarlo y pensarnos alternativas es una tarea urgente, solo que mientras tanto me asustan otras dinámicas violentas, de confusión, indolentes, invasivas y chocantes para con otras corporalidades y referencias existenciales que escapan a los patrones de deseabilidad normativos.

En un artículo titulado “Reflexiones sobre el amor romántico desde una perspectiva antirracista” , publicado por el medio digital Alharaca, la académica Yarlenis Mestre se pregunta: “¿Qué pasa cuando algunas no se ven en ese espejo de Penélope, Cenicienta y tantas otras? (…) ¿Cuántas protagonistas de historia de amor en las telenovelas son personas negras? ¿Cuántos besos de personas negras aparecen en primer plano en telenovelas y filmes románticos?”.

La autora, aun consciente de que “no tiene sentido esperar como Penélope, a ser validada, si los parámetros de validación para entrar a los dominios del amor romántico, de entrada, te descartan”, explica cómo estas narrativas de la espera, de la búsqueda de la media naranja, de la vida en pareja, amoldan nuestros deseos sexo-afectivos desde la infancia y nos envician.

Cuando yo pensaba en el amor, además de pensarme como una niña –que era todo lo que yo quería ser; despertar un día convertida en una niña teniendo todo lo que ello significaba–, imaginaba que era blanca y que tenía romances con muchachos apuestos y blancos. Me atravesaban varios conflictos entonces: la imposibilidad de género, la imposibilidad de conquistar el amor heterosexual y los embates de mi propio racismo internalizado.

¿Cómo no sentirme Penélope o Cenicienta? ¿Cómo no amoldarme, blanquearme, rechazar mi color de piel y la afrodescendencia que me ubicaban en una posición de subalterna, inferior, despreciada, según los relatos de los otros? ¿Cómo no desear ser blanca en un sistema en que las personas blancas son las vencedoras, las que más veo en la cúspide del orden socioeconómico, las bellas?

Del mismo modo, ¿cómo no desear relacionarme con hombres blancos si los hombres negros han sido construidos como maltratadores por naturaleza, violentos, agresores sexuales, vulgares, atrasados, salvajes? “El negro es una bestia, el negro es malo, el negro tiene malas intenciones, el negro es feo”, nos dice Fanon en “Piel negra, máscaras blancas”.

Las subalternas cargamos con el trauma de habernos creído las feas, de ser las malqueridas, las despreciadas, las impresentables, las robamaridos, las agresivas. Nunca fuimos las bonitas del aula. Tampoco las deseadas. Las lindas y deseadas eran las blancas, las de ojos claros, las rubias, las de pelo lacio, las “hembras de verdad”. Nosotras éramos las alcahuetas, las que algún muchacho guapo llamaba a mitad de pasillo para pedirnos consejos de cómo conquistar a nuestras amigas, las que formábamos parejas y nos quedábamos solas, por las que nadie echaba cartas anónimas en los buzones del 14 de febrero.

Las negras feas y las pajaritas éramos las que observábamos el romance de nuestras amigas las bonitas. Mirábamos al muchacho que nos gustaba y éramos invisibles. No éramos niñas, no éramos bonitas. Nadie nos quería. Éramos los raros, el adorno perfecto para acompañar a nuestras “suertudas” amigas.

Creamos entonces adicción a las relaciones imposibles, al amor romántico, a querer que nos amaran. Y ¿de qué otro modo podría ser si nunca tuvimos nada de eso? ¿Cómo no querer un amor bonito si lo que nos perseguía eran encuentros furtivos, propensos a la violencia?

Una de las preguntas más frecuentes que nos hacemos antes de empezar la transición de género es si acaso alguien nos amará. En el verano de 2019 cuando le comenté a mi novio de aquel entonces el proceso que deseaba iniciar me dijo que lo pensara bien, que nadie me iba a querer, me iba a poner fea, grotesca, que esa no era una vida para mí. Cuatro años después todavía esas frases me persiguen y alimentan la idea que nos inocularon a todas la colonialidad, las instituciones disciplinarias y los dispositivos del control de la sexualidad: que somos feas, peligrosas, anormales, y que nuestro cuerpo es antiestético, peligroso, que está equivocado.

Aun ni cuando transitamos y dejamos de ser las no deseadas para convertirnos en fetiches, se nos brinda un lugar central en la mesa. “Las travestis no pueden meter mano en el corazón de un hombre (...) solo tienen permiso de meterla en la bragueta”, dice la escritora Camila Sosa en uno de sus poemas de su libro La novia de Sandro.

Pasamos a ser la puta, la exótica, el deseo ilícito de heterosexuales y conservadores que por un lado nos niegan como sujetos de derechos, pero por otro se creen con derecho a someternos sexualmente y a disfrutarnos. Nos toca ser la otra, hacer las cosas que no quiere hacer la otra. Somos siempre el segundo o tercer vínculo sexoafectivo de alguien. Es entonces cuando nos aferramos al deseo frenético porque nos prioricen al menos por una vez.

La mayoría de quienes se relacionan con mujeres trans/travestis, incluidas amistades, a la primera de cambio nos abandonan, no importa si es mucho el deseo que sienten por nosotras. Aunque anhelen nuestra compañía, priorizan a alguien más, casi siempre cisgénero, un cuerpo conocido, normativo, presentable. Aquellas que pueden ostentar el título de novia oficial o vínculo primario aunque la relación sea abierta, poliamorosa y mantengan otros vínculos sexoafectivos por separado o en conjunto.

Nuestra posición es siempre la de subalternas. Nuestros encuentros los clandestinos. Y muchas veces nos preguntamos cuándo nos van a mostrar en público, a sus amistades y familia. ¿Cuándo serán capaces de decir “tengo un vínculo con esta persona”, “amo a una mujer trans”? ¿Cuándo podremos salir en una foto en su casa, a su lado? ¿Acaso no lo merecemos? ¿Cuánto más van a escondernos? ¿Habrá alguien que piense en lo violento de mandar a otra persona a amarse primero a sí misma o en soledad para que entonces pueda amar a los demás?

Como si el fallo fuera nuestro y no del sistema de opresiones que crea traumas, se nos niega la posibilidad de amar y de brindar afectos a otros. Se nos remarca la idea de que somos sujetos indeseables, no merecedores de afectos, ni de amor, ni de romanticismo, aunque todo eso sea un mito para quien, dicho sea de paso, lo tiene al alcance de su mano.

Pero ¿cómo se calcula cuánto amor propio tenemos? ¿Cómo se sabe si ya hemos llegado al nivel adecuado para empezar a amar a otros? ¿En qué consiste amarnos a nosotros primero si en todo caso el amor va de construirnos y crecer en comunidad?

El amor propio no es un proceso medible, fijo, ni lineal. Es un discurso también romántico y es también un mito. No ocurre lo mismo en todos los cuerpos y subjetividades. Occidente y la blanquitud se encargaron de repartir este tipo de recetas con la etiqueta de “universales”. Dijeron que servirían para todos cuando eran solo soluciones diseñadas para ellos, y las impusieron. No podemos sentirnos bellas, seguras, deseadas y felices todos los días del año en un mundo donde todos los días del año, desde que nacemos hasta que nos morimos, se nos está diciendo lo contrario.

Ese “amarnos tal cual y como somos” ignora las violencias que vienen del exterior. Ignora el mundo patriarcal, racista, traumatizante y violento en el que vivimos. Presenta al sistema como un lugar donde todo está a nuestro alcance si nos esforzamos. En resumidas cuentas, lo que nos piden es que nos adaptemos a estas condiciones opresivas.

Las subalternas estamos cansadas de estar solas. Ya nos hemos conocido lo suficiente en soledad. Amamos la soledad. Nos repugnamos de la soledad. Fuimos las niñas solitarias de la escuela, las sin amigos, las adolescentes introvertidas. Sabemos lo que es sobrevivir a la soledad. Tenemos esa asignatura vencida y queremos avanzar hacia la siguiente.

Mi intención es acariciar a todas las que nos hemos quedado atrapadas en el trauma colonial para que construyamos una narrativa en la que no exista la vergüenza al pedir lo que queremos ni palabras como “acomplejadas” para que otros nos describan. Debemos dejar de ver nuestros dolores como una falla personal y más bien como una consecuencia del sistema, sin autocomplaciencia ni conformismo.

Amor propio y “body positive” sin conciencia social, sin atender a las complejidades estructurales de quienes han sido “diagnosticados” con baja autoestima o con poco amor hacia sí mismos por los seudoinfluencers del bienestar emocional y la positividad, se convierten en mensajes nocivos y vacíos.

Son muchas de estas personas las mismas que hoy cuestionan –y creo que está bien la crítica, el cuestionamiento– para qué un novio, para qué una relación monógama, y recomiendan efusivamente el poliamor como garantía de menos sufrimiento. Nos dicen que deberíamos abrirnos y amar libre; nos lo dicen ellas, las que siempre han sido amadas y deseadas, las bonitas, las que no saben que ese amar libremente puede ser violento para algunos cuerpos, porque se nos puede descartar o subalternizar exclusivamente por el hecho de habitarlo. Las que a cada vuelta de esquina no tienen que toparse con una experiencia que le alimente la idea de que como mujer trans, negra o gorda, no merece una relación seria y amorosa.

No creo que todo en la monogamia sea opresivo y dominación. Ni creo que en el poliamor todo sea color de rosa. Muchos de estos gurús del poliamor y de las relaciones libres invitan constantemente a experimentar, planifican, guardan cita, andan a la caza de la oportunidad, preparan eventos, hora, fecha, lugar, aperitivos, crean en sus mentes una serie de posibilidades, redes, uniones, imágenes. Son cazadores. Son unos empeñados obreros del poliamor.

En ocasiones fuerzan relaciones o encuentros que terminan siendo dañinos para alguna de las partes, ya sea por una idea distorsionada del poliamor, por lo complejo y contradictorio de nuestra humanidad, por el consumo desaforado de cuerpos, cuerpos nuevos siempre, o lo de siempre, por cuestiones de raza y clase.

Fue a partir de mi tránsito de género que adquirí conciencia antirracista. Como mujer trans negra empecé a enfrentar situaciones y comentarios que parten de estereotipos racistas y cissexistas. Algunas personas no pueden evitar remarcar lo bien que me veo para ser trans. Y yo sé que donde ellos dicen “trans” a secas también quieren decir “y negra”. Quieren arreglarme el cabello, peinármelo, porque suponen está despeinado o que un corte diferente me feminizará más. Las mujeres negras ya de por sí hemos tenido que enfrentar también el estereotipo de ser menos femeninas, hasta de no ser mujeres.

Según la filósofa argentina María Lugones con la irrupción colonial, los pueblos e individuos subalternizados (personas negras, indígenas y disidencias sexuales) fueron clasificados como no humanos, incivilizados, salvajes e incontrolablemente sexuales. Solo los civilizados eran hombres y mujeres. En este sentido, las personas negras e indígenas no eran considerados ni hombres ni mujeres. Mujeres eran las europeas blancas que vinieron con los hombres europeos.

Sabemos pues, o al menos sospechamos, quiénes ostentan el derecho de negarnos la posibilidad de transitar los géneros. De ahí surge también el estereotipo racista de la fogosidad de las personas negras y el hombre negro violento y agresor sexual.

Lo cierto es que desde que asumí mi negritud como identidad política, y empecé a identificar el daño que el racismo me había hecho a mí y en los míos, me empujó un fuerte deseo de fuga, de cimarronaje, de hablar mis propias lenguas, de romper estructuras y usar, mientras me sirvan, las herramientas del amo hasta que más tarde le prenda fuego a su casa.

Aunque este sistema solo me reserva la posición de subalterna, hoy elijo con quién me relaciono y bajo qué condiciones. Negocio. Disfruto el poder de aceptar las invitaciones que me convengan, las que me aseguren placer, beneficios, aprendizajes, sanación, y también de descartar otras. Y disfruto el proceso. Aprendí entre mi gente que ser una mujer negra desobediente de género y feliz es un gesto contrahegemónico.

Hoy, sobre todo, creo en un amor colectivo, en los afectos comunitarios, en las redes y el amor que podemos establecer entre quienes hemos sido los despreciados, los perdedores, los indeseables, las feas, los raros, los cuerpos colonizados y subalternos. Creo en la sanación de nuestro trauma en comunidad, no a base de cucharadas o tik toks de amor propio o de “body positive”.

Creo en los cuidados, que eso también es amor. En el acompañamiento sin violentar los procesos de otras identidades capturadas por el mito del amor romántico. Sin que resulte más dolorosa de lo que ya lo es esta búsqueda del amor negado, del tiempo perdido sin amor.

Aspirar a relaciones libres y despatriarcalizadas ha de estar en nuestro horizonte y trabajar por hacerlo posible, pero ¿qué ocurre cuando se nos llama constantemente a deconstruir lo que algunos nunca hemos podido construir o experimentar si quiera? ¿Qué pasa cuando por sus propios cimientos racistas y cisheterosexistas, es un amor que se nos niega a cuerpos y feminidades negras disidentes? ¿Cómo abrirnos a algo que siempre ha estado cerrado para nosotras? ¿Cómo superar el trauma de las subalternas en medio del sistema que lo produce y lo reproduce todos los días?

Imposible crecer y vivir en este sistema mundo colonial moderno y no dejarse amoldar por la blanquitud, el cisheterosexismo y los ideales del amor romántico que son, en principio, deseables, convenientes. Son asimilación, y la asimilación es protección.

Sin embargo, apuesto por un amor también subversivo, decolonial y colectivo. Al menos como horizonte de posibilidad. Ya no hago grandes esfuerzos en mi ínfima posibilidad de Penélope, pero tampoco renuncio a ella. Y no me voy a culpabilizar si mañana me da por quedarme en una estación o buscar quién me ponga el zapato de Cenicienta. Al fin y al cabo, yo no inventé este sistema.

Este texto apareció publicado originalmente en la revista Tremenda Nota. La versión actual ha sido corregida por la autora.

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Mel Herrera

Una Mel Herrera cualquiera.